lunes, 29 de octubre de 2012


Con Jesús en medio de la crisis

Antes de que se ponga en camino, un desconocido se acerca a Jesús corriendo. Al parecer, tiene prisa para resolver su problema: "¿Qué haré para heredar la vida eterna?". No le preocupan los problemas de esta vida. Es rico. Todo lo tiene resuelto.
Jesús lo pone ante la Ley deMoisés. Curiosamente, no le recuerda los diez mandamientos, sino solo los que prohíben actuar contra el prójimo. El joven es un hombre bueno, observante fiel de la religión judía: "Todo eso lo he cumplido desde pequeño".
Jesús se le queda mirando con cariño. Es admirable la vida de una persona que no ha hecho daño a nadie. Jesús lo quiere atraer ahora para que colabore con él en su proyecto de hacer un mundo más humano, y le hace una propuesta sorprendente: "Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres... y luego sígueme".
El rico posee muchas cosas, pero le falta lo único que permite seguir a Jesús de verdad. Es bueno, pero vive apegado a su dinero. Jesús le pide que renuncie a su riqueza y la ponga al servicio de los pobres. Solo compartiendo lo suyo con los necesitados, podrá seguir a Jesús colaborando en su proyecto.
El joven se siente incapaz. Necesita bienestar. No tiene fuerzas para vivir sin su riqueza. Su dinero está por encima de todo. Renuncia a seguir a Jesús. Había venido corriendo entusiasmado hacia él. Ahora se aleja triste. No conocerá nunca la alegría de colaborar con Jesús.
La crisis económica nos está invitando a los seguidores de Jesús a dar pasos hacia una vida más sobria, para compartir con los necesitados lo que tenemos y sencillamente no necesitamos para vivir con dignidad. Hemos de hacernos preguntas muy concretas si queremos seguir a Jesús en estos momentos.
Lo primero es revisar nuestra relación con el dinero: ¿Qué hacer con nuestro dinero? ¿Para qué ahorrar? ¿En qué invertir? ¿Con quiénes compartir lo que no necesitamos? Luego revisar nuestro consumo para hacerlo más responsable y menos compulsivo y superfluo: ¿Qué compramos? ¿Dónde compramos? ¿Para qué compramos?
¿A quiénes podemos ayudar a comprar lo que necesitan?
Son preguntas que nos hemos de hacer en el fondo de nuestra conciencia y también en nuestras familias, comunidades cristianas e instituciones de Iglesia. No haremos gestos heroicos, pero si damos pequeños pasos en esta dirección, conoceremos la alegría de seguir a Jesús contribuyendo a hacer la crisis de algunos un poco más humana y llevadera. Si no es así, nos sentiremos buenos cristianos, pero a nuestra religión le faltará alegría.
José Antonio Pagola
14 de octubre de 2012
28 Tiempo ordinario (B)
Marcos 10, 17-30
Bajado por: J. RUIZ

sábado, 27 de octubre de 2012

COMUNIÓN


Comensalidad: paso de lo animal a lo humano

2012-10-23


 La especificidad del ser humano surgió de una forma misteriosa y es de difícil reconstrucción histórica. Pero hay indicios de que hace siete millones de años a partir de un antepasado común habría comenzado la separación lenta y progresiva entre los simios superiores y los humanos. 
Etnobiólogos y arqueólogos nos señalan un hecho singular. Cuando nuestros antepasados antropoides salían a cosechar frutos, semillas, cazas y pesca, no comían individualmente. Recogían los alimentos y los llevaban al grupo. Y ahí practicaban la comensalidad, esto es: distribuían los alimentos entre ellos y los comían comunitariamente. Esta comensalidad permitió el salto de la animalidad hacia la humanidad. Esa pequeña diferencia hace toda una diferencia.
Lo que ayer nos hizo humanos, todavía hoy sigue haciéndonos de nuevo humanos. Y si no está presente, nos deshumanizamos, crueles y sin piedad. ¿No es esta, lamentablemente, la situación de la humanidad actual?
Un elemento productor de humanidad, estrechamente ligado a la comensalidad, es la culinaria, la cocina, es decir, la preparación de los alimentos. Bien escribió Claude Lévi-Strauss, eminente antropólogo que trabajó muchos años en Brasil: «el dominio de la cocina constituye una forma de actividad humana verdaderamente universal. Así como no existe sociedad sin lenguaje, así tampoco hay ninguna sociedad que no cocine algunos de sus alimentos».
Hace 500 mil años el ser humano aprendió a hacer fuego y a domesticarlo. Con el fuego empezó a  cocinar los alimentos. El «fuego culinario» es lo que diferencia al ser humano de otros mamíferos complejos. El paso de lo crudo a lo cocido se considera uno de los pasos del animal al ser humano civilizado. Con el fuego surgió la cocina propia de cada pueblo, de cada cultura y de cada región.
No se trata nunca de cocinar solamente los alimentos sino de darles sabor. Las distintas cocinas crean hábitos culturales, entre nosotros frecuentemente vinculados a ciertas fiestas como Navidad (pavo asado), Pascua (huevos de chocolate), año nuevo (carne de cerdo) san Juan (maíz asado) y otras.
Nutrirse nunca es un acto biológico individual mecánico. Consumir comensalmente es comulgar con los que comen con nosotros, comulgar con las energías cósmicas que subyacen a los alimentos, especialmente la fertilidad de la tierra, el sol, los bosques, las aguas y los vientos.
Debido a este carácter numinoso del comer/consumir/comulgar, toda comensalidad es en cierta forma sacramental. Adornamos los alimentos, porque no comemos sólo con la boca sino también con los ojos. El momento de comer es uno de los más esperados del día y de la noche. Tenemos la conciencia instintiva y refleja de que sin el comer no hay vida ni supervivencia, ni alegría de existir y de coexistir.
Durante millones de años los seres humanos fueron tributarios de la naturaleza, sacaban de ella lo que necesitaban para sobrevivir. De la apropiación de los frutos de la naturaleza evolucionaron hacia su producción mediante la creación de la agricultura que supone la domesticación y el cultivo de semillas y plantas.
Hace unos 10 a 12 mil años ocurrió tal vez la mayor revolución de la historia humana: de nómadas, los seres humanos se hicieron sedentarios. Fundaron los primeros pueblos (12.000 a.C.), inventaron la agricultura (9.000 a.C.) y empezaron a domesticar y a criar animales (8.500 a.C.). Se creó un proceso civilizatorio extremadamente complejo con revoluciones sucesivas: la industrial, la nuclear, la cibernética, la de la nanotecnología, la de la información hasta llegar a nuestro tiempo.
Primero, fueron cultivados vegetales y cereales salvajes, probablemente por obra las mujeres, más observadoras de los ritmos de la naturaleza. Todo parece haberse iniciado en Oriente Medio entre los ríos Tigris y Éufrates y en el valle del Indo de la India. Ahí se cultivó el trigo, la cebada, la lenteja, las habas y el guisante. En América Latina fue el maíz, el aguacate, el tomate, la yuca y los fríjoles. En Oriente fue el arroz y el mijo. En África, el maíz y el sorgo.
Después, hacia 8.500 a.C. se domesticaron especies animales, comenzando por cabras, carneros, y luego el buey y el cerdo. Entre las galináceas la primera fue la gallina. Todo fue por la invención de la rueda, la azada, el arado y otros utensilios de metal hacia el año 4.000 a.C.
Estos pocos datos son hoy día avalados científicamente por arqueólogos y etnobiólogos usando las más modernas tecnologías del carbono radioactivo, el microscopio electrónico y el análisis químico de sedimentos, de cenizas, de pólenes, de huesos y carbones de maderas. Los resultados permiten reconstruir cómo era la ecología local y cómo se efectuaba su utilización económica por parte de las poblaciones humanas.
Al plantar y recoger el trigo o el arroz se podían crear reservas, organizar la alimentación de los grupos, hacer crecer la familia y así la población. El ser humano tuvo que ganar la vida con el sudor de su frente. Y lo hizo con furor. El avance de la agricultura y de cría de animales hizo desaparecer lentamente la décima parte de toda la vegetación salvaje y de todos los animales. Todavía no había preocupación por la gestión responsable del medio ambiente. También sería difícil imaginarla, dada la riqueza de los recursos naturales y la capacidad de regeneración de los ecosistemas.
De todas formas, el neolítico puso en marcha un proceso que nos ha llegado hasta el día de hoy.  La seguridad alimentaria y el gran banquete que la revolución agrícola podría haber preparado para toda la humanidad, en el cual todos serían igualmente comensales, todavía no puede ser celebrado todavía. Más de mil millones de seres humanos están a los pies de la mesa, esperando alguna migaja para poder matar el hambre.
La Cúpula Mundial de la Alimentación celebrada en Roma en 1996, que se propuso erradicar el hambre para el 2015, dijo que «la seguridad alimentaria existe cuando todos los seres humanos tienen, en todo momento, acceso físico y económico a una alimentación suficiente, sana y nutritiva, que les permite satisfacer sus necesidades energéticas y sus preferencias alimentarias a fin de llevar una vida san y activa». Ese propósito fue asumido por las Metas del Milenio de la ONU. Lamentablemente la propia FAO en 1998 y ahora la ONU comunicaron que estos propósitos no serán alcanzados a menos que se supere el foso demasiado grande de las desigualdades sociales.
Mientras no demos este salto no completaremos todavía nuestra humanidad. Este es el gran desafío del siglo XXI, el de ser plenamente humanos.
Leonardo Boff

Bajado por: J.RUIZ

EL AÑO DE LA FE

"LA FE SÓLO CRECE Y SE DESARROLLA
                        CREYENDO.

EN ESTE AÑO DE LA FE, LAS COMUNIDADES PARROQUIALES DE SAN FRANCISCO JAVIER, ENCONTRARÁN LA MANERA DE PROFESAR PÚBLICAMENTE EL CREDO".                  
                     (PORTA FIDEI)



LA FE, ES: LUZ QUE INSPIRA NUESTROS CRITERIOS DE ACTUACIÓN.
FUERZA QUE IMPULSA NUESTRO COMPROMISO DE CONSTRUIR
UNA SOCIEDAD MÁS HUMANA Y JUSTA.
ESPERANZA QUE ANIMA TODO NUESTRO VIVIR DIARIO.

 "EL AÑO DE LA FE, SERÁ UN MOMENTO DE GRACIA
Y DE COMPROMISO POR UNA CADA VEZ MÁS PLENA
CONVERSIÓN A DIOS, PARA REFORZAR NUESTRA FE
EN ÉL Y PARA ANUNCIARLA CON GOZO AL HOMBRE
 DE NUESTRO TIEMPO".
                              (BENEDICTO XVI)





P. Dionisio




miércoles, 3 de octubre de 2012



TENEMOS OBLIGACIONES

                   Estamos para comenzar el “Año de la Fe” y los Cristianos Católicos tenemos obligaciones y deberes que nos certifiquen como tales, de acuerdo con esa Fe que decimos profesar.

Los cristianos tenemos el deber de defender, aun a costa de nuestra seguridad y de nuestra propia vida, el principio de la inviolabilidad de la vida, en cualquiera de sus etapas evolutivas, desde el momento mismo de su concepción hasta el instante mismo de su último estertor. Aquí no valen las excusas de “la muerte digna”, del “hijo no deseado”, de que “la mujer es dueña absoluta de su cuerpo”, de que “la vida sin calidad no es vida”. Habría que comenzar por definir qué es “calidad de vida”. Y cuando no se desea tener un hijo porque no se quiere o porque no se puede o por cualquiera otro motivo, existen soluciones mucho más humanas, como podría ser la adopción, que sacrificarlo por medio del aborto pre-parto o por un aborto  post-parto, que no es otra cosa que un asesinato, como ya desgraciadamente, se llegó a proponer en algún país europeo, olvidando, o talvez recordando, que en el antiguo Egipto, según nos cuenta la Biblia, los faraones mandaban asesinar a los hijos varones de los israelitas porque ese pueblo estaba creciendo mucho y podría llegar a sublevarse –recordemos el origen de Moisés-, y la historia nos enseña que en la Esparta de los tiempos del legislador Licurgo a las niñas se las mataba, porque lo que necesitaban eran guerreros para sus planes expansionistas de conquista.

Los cristianos tenemos el deber de defender la constitución de la pareja humana como fue desde el principio en la mente insondable y perfecta de Dios, fuente y origen de la vida, hasta ahora no desmentido por la ciencia, basada en la complementariedad de los dos géneros sexuales realmente existentes: hombre y mujer, varón y hembra. Cada miembro de la pareja humana, dentro de la igualdad de género, está destinado para cumplir, cada uno, una función distinta, necesaria y complementaria para el normal y completo y sano desarrollo de la unidad familiar, célula madre de la sociedad, y para lo cual una pareja de “hombre con hombre” o “mujer con mujer”, como diría la confundida reina, no está naturalmente preparada.
Los cristianos tenemos el deber de promover una sociedad más justa para que pueda darse una verdadera paz entre iguales, teniendo en cuenta que la primera regla de la igualdad es, precisamente, la equidad. No alcanza a satisfacer de igual manera las necesidades básicas, un salario de un millón de pesos, para una pareja sola que para una pareja con uno o dos hijos.

Los cristianos tenemos el deber de no callar cuando conocemos del hambre que tantos padecen y que inmisericordemente conduce hasta la muerte, no por falta de recursos, sino por el egoísmo de quienes han creído ser los únicos dueños de ellos, olvidándose, convenientemente, de que no son mas que administradores de los mismos, y de la función social que toda riqueza debe cumplir para el desarrollo armónico del bienestar de los pueblos. Desde el Egipto antiguo los faraones, bajo el modelo establecido por José el hijo de Jacob y vendido por sus hermanos, durante el tiempo de las “vacas gordas” y aprovechándose del dinero que tenían en sus arcas, compraron toda la producción de trigo del país y de los países vecinos. Y cuando llegaron las “vacas flacas”, los tiempos de la escasez y de la hambruna, abrieron sus graneros y comenzaron a vender, al precio fijado por ellos, el trigo conseguido a precios de oferta abundante, esto es, los más bajos posible del mercado. Y cuando el dinero se les acabó a los compradores, el faraón les recibió sus bestias y ganados y aves de corral y, por último, sus tierras a cambio del preciado grano. Y cuando ya nada de esto les quedó a los pueblos compradores, tuvieron que entregarse ellos y sus familias, como esclavos, para el servicio de los egipcios constituidos así en grandes explotadores de los desposeídos, en un modelo perfecto de lo que hoy, casi tres mil años después, estamos viviendo en todo el mundo.

Pero ahora, como entonces, el clamor del pueblo explotado será escuchado, y el Dios de Abraham y de Jacob, el Padre Bueno y Misericordioso, se acordará de su promesa y, como Él no puede faltar a ella, el Hijo que envió al rescate saldrá victorioso, lo librará de sus opresores y lo llevará hasta la tierra prometida, donde “no sólo habrá comida y bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo”.
¡! Ese es el Reino de Dios y esa es nuestra fe. Cumplamos con ella ¡!

Jesús M. Ruiz A.

Octubre 3 de 2012





LA "NUEVA CARRERA"

Raniero Cantalamessa
| Fuente: Religión en Libertad
 La «nueva carrera» inventada por Cristo

 En el servicio, en cambio, todos se benefician de la grandeza de uno. Quien es grande en el servicio, es grande él y hace grandes a los demás; más que elevarse por encima de los demás, eleva a los demás consigo La «nueva carrera» inventada por Cristo «Entonces se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos”» ¿Es que Jesús condena, con estas palabras, el deseo de sobresalir, de hacer grandes cosas en la vida, de dar lo mejor de uno, y privilegia en cambio la dejadez, el espíritu abandonista, a los negligentes? Así lo pensaba el filósofo Nietzsche, quien se sintió en el deber de combatir ferozmente el cristianismo, reo, en su opinión, de haber introducido en el mundo el «cáncer» de la humildad y de la renuncia. En su obra -Así hablaba Zaratustra- él opone a este valor evangélico el de la «voluntad de poder», encarnado por el superhombre, el hombre de la «gran salud», que quiere alzarse, no abajarse.
 Puede ser que los cristianos a veces hayan interpretado mal el pensamiento de Jesús y hayan dado ocasión a este malentendido. Pero no es ciertamente esto lo que quiere decirnos el Evangelio. «Si uno quiere ser el primero...»: por lo tanto, es posible querer ser el primero, no está prohibido, no es pecado. No sólo Jesús no prohíbe, con estas palabras, el deseo de querer ser el primero, sino que lo alienta. Sólo que revela una vía nueva y diferente para realizarlo: no a costa de los demás, sino a favor de los demás. Añade, de hecho: «...sea el último de todos y el servidor de todos». ¿Pero cuáles son los frutos de una u otra forma de sobresalir? La voluntad de poder conduce a una situación en la que uno se impone y los demás sirven; uno es «feliz» (si puede haber felicidad en ello), los demás infelices; sólo uno sale vencedor, todos los demás derrotados; uno domina, los demás son dominados.
 Sabemos con qué resultados se puso por obra el ideal del superhombre por Hitler. Pero no se trata sólo del nazismo; casi todos los males de la humanidad provienen de esta raíz. En la segunda lectura de este domingo Santiago se plantea la angustiosa y perenne pregunta: «¿De dónde proceden las guerras?» Jesús, en el Evangelio, nos da la respuesta: ¡del deseo de predominio! Predominio de un pueblo sobre otro, de una raza sobre otra, de un partido sobre los demás, de un sexo sobre el otro, de una religión sobre otra... En el servicio, en cambio, todos se benefician de la grandeza de uno. Quien es grande en el servicio, es grande él y hace grandes a los demás; más que elevarse por encima de los demás, eleva a los demás consigo. Alessandro Manzoni concluye su evocación poética de las empresas de Napoleón con la pregunta: «¿Fue verdadera gloria? En la posteridad la ardua sentencia».
 Esta duda, acerca de si se trató de verdadera gloria, no se plantea para la Madre Teresa de Calcuta, Raoul Follereau y todos los que diariamente sirven a la causa de los pobres y de los heridos de las guerras, frecuentemente con riesgo para su propia vida. Queda sólo una duda. ¿Qué pensar del antagonismo en el deporte y de la competencia en el comercio? ¿También estas cosas están condenadas por la palabra de Cristo? No; cuando están contenidas dentro de límites de corrección deportiva y comercial, estas cosas son buenas, sirven para aumentar el nivel de las prestaciones físicas y... para bajar los precios en el comercio. Indirectamente sirven al bien común.
 ¡La invitación de Jesús a ser el último no se aplica, ciertamente, a las carreras ciclistas o a las de Fórmula 1! Pero precisamente el deporte sirve para aclarar el límite de esta grandeza respecto a la del servicio. «En las carreras del estadio todos corren, mas uno solo recibe el premio», dice San Pablo (1 Co 9,24). Basta con recordar lo que ocurre al término de una final de 100 metros lisos: el vencedor exulta, es rodeado de fotógrafos y llevado triunfalmente en volandas; todos los demás se alejan tristes y humillados. «Todos corren, mas uno solo recibe el premio». San Pablo extrae, sin embargo, de las competiciones atléticas, también una enseñanza positiva: «Los atletas -dice- se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros en cambio [para recibir de Dios la] corona incorruptible [de la vida eterna]». Luz verde, por lo tanto, a la nueva carrera inventada por Cristo en la que el primero es quien se hace último de todos y siervo de todos.

Bajado por: J. RUIZ

jueves, 20 de septiembre de 2012

JESÚS: EJEMPLO DE OBEDIENCIA


Jesús: ejemplo de obediencia - I Parte
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19 de Septiembre de 2012 / 
 

Redacción (Miércoles, 19-09-2012, Gaudium Press) Dice un conocido proverbio: verba volant, exempla trahunt, esto es, las palabras vuelan, pero son los ejemplos los que arrastran y mueven la voluntad del hombre. De esta forma, no basta una explicación teórica o un tratado de moral para convencer a una persona a practicar cierta virtud; lo que es preciso, antes que nada, es haberla visto grabada no en un papel, sino en alguien.
9.jpgEste fue el procedimiento de Nuestro Señor Jesucristo al encarnarse. No sería convincente que Él solo viniese a la Tierra, dictase su doctrina a algunos hombres y después retornase al Cielo, "era necesario verlo vivo, como modelo de aquello que Él mismo había enseñado".1 Por eso que, después del lavado de los pies Él también dijo a sus discípulos: "Les di el ejemplo para que, como yo lo hice, así lo hagan también vosotros" (Jn 13,15). De esta forma, el Divino Maestro estimulaba a sus discípulos a modelar no solo sus actos, sino el corazón conforme al de Él.
A ese respecto, Hamon dejó excelente explicación:
Cuando Dios, en sus eternos decretos, decidió la encarnación del Verbo, Él se propuso mostrar a los ojos de los hombres el modelo de la vida nueva que debería salvarlos. Como hombre, el Verbo encarnado les mostraría el camino; como Dios, Él les daría la garantía de la perfección del modelo. Sus virtudes serían inmutables, pues ellas serían la acción de un hombre, y ellas serían una regla segura, ya que sería la acción de un Dios. 2
En la encarnación, obediencia al Padre
Fue por medio de la virtud de la obediencia que se realizó el sublime misterio de la encarnación del Verbo y de la redención de la humanidad. El Hijo Unigénito de Dios se anticipó en hacer la voluntad del Padre. Conforme el propio Padre Eterno revelara a Santa Catalina de Siena:
La humanidad que yo tanto amaba, ya no conseguía alcanzar su meta, que soy yo. Movido por mi gran caridad, tomé en las manos las llaves de la obediencia y la entregué a mi Hijo. [...] Ahora, quiero que comprendas cómo esa gran virtud fue practicada por el Cordero inmaculado [...]. ¿Cuál fue la razón por la cual se mostró él tan obediente? Fue su amor por mi gloria y por la salvación de los hombres. [...] El Verbo encarnado fue fiel a mí, Padre eterno; por eso corrió apasionado por el camino de la obediencia. [...] Es en el Verbo encarnado, por tanto, que encontramos la obediencia total. 3
El divino ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo descrito por la pluma de los evangelistas, bajo el influjo del Espíritu Santo, es puesto en realce bajo un aspecto esencial de su misión en esta Tierra: Él se encarnó a fin de cumplir la voluntad del Padre, haciéndose obediente hasta la muerte.
7.jpgEn esta sumisión, Jesús quiso mostrar a los hombres cuánto amó la obediencia, pues siendo consubstancial con el Padre, abandonó esta igualdad para revestirse de nuestra carne, asumiendo la condición de esclavo (Fl 2, 7). Encontramos en los textos sagrados que "el Verbo se hizo carne" (Jo 1, 14), y en otra parte de la escritura: "y se hizo obediente" (Fl 2,8). Por eso, afirma Gay: "Hacerse carne es su constitución; hacerse obediente, es su condición: una resulta de la otra, y ésta se apoya sobre aquella; donde viene que ella es esencial y no puede cambiar". 4
Inmediatamente al entrar en este mundo, nuestro Redentor nos dio muestra del valor de la obediencia a través de su humildad. Él, como Dios y Señor de todas las cosas, podría haber creado un palacio suntuoso para nacer en medio de las riquezas, con todo prefirió una simple gruta, en una de las ciudades más apagadas de Judá y para cuna escogió un pobre pesebre compuesto de pajas. De su primera actitud podríamos esperar que Él hubiese manifestado algún deseo. ¿Cuál habrá sido?
El Hijo de Dios, entrando al mundo, no dijo: yo haré eso, yo iré para allá, yo viviré en tal casa, yo seguiré el género de vida que me venga en gana, yo contentaré todos mis deseos. Pasando del seno de la virgen a un pobre pesebre, apenas ve la luz de este mundo cuando ya mira al cielo, entreabre sus bracitos y dice con amor a su Padre Divino: "Heme aquí, yo vengo, oh Dios, para hacer vuestra voluntad" (Hb 10, 9). 5
Por Flávia Cristina de Oliveira

Bajado por: J. RUIZ

jueves, 26 de julio de 2012

Visión ecológica y supervivencia planetaria 
 Concept paper for EATWOT’s General Assembly at Yoghyakarta, Indonesia, 2012

 El actual sistema económico y productivo mundial, y el modo de vida de la civilización capitalista, son los causantes principales de la «sexta gran extinción de vida» en este planeta. Si no cambiamos radicalmente, vamos hacia una catástrofe ecológica planetaria, y tal vez a nuestra propia extinción como especie viviente. 


A partir de esta VISIÓN que aquí damos por supuesta -cuyos datos pueden encontrarse por cualquier parte-, entramos a JUZGAR teológicamente esta situación. Nuestra tesis es que a este destino de destrucción hacia el que parece que nos encaminamos, no le pondrán ponerle remedio, por sí solos, ni el capital, ni la política, ni las religiones institucionales; sólo podrán hacerlo si a ellos se une un cambio de mentalidad religiosa -quehacer propio de la teología-. 


 Hoy por hoy, la religión sigue siendo la fuerza más profundamente movilizadora de la población mundial. Aun quienes se declaran fuera de las religiones institucionales, no están libres de una visión básica religiosa que condiciona esencialmente su forma de ver el mundo y de verse a sí mismos. Sostenemos que sólo un cambio en esta manera «profunda» (religiosa) de ver, sólo un cambio de esa «visión», puede posibilitar la supervivencia (survival) de la Humanidad, porque sólo dejaremos de destruir la naturaleza cuando descubramos su dimensión divina y nuestro carácter natural.


  Nos explicamos:


 I. Ha sido una visión religiosa tradicional la que ha hecho posible que llegáramos a esta situación. 


 a) La imagen del mundo-cosmos que tradicionalmente hemos tenido era... - una imagen «pequeñita», por nuestra falta de conocimiento científico (estuvimos supliendo nuestra ignorancia con imaginación y pensamiento mítico), - contemplaba la naturaleza como un mero «escenario» para la representación del drama humano; - la religión (que es una relación del ser humano con Dios) estaba concebida y vivía de espaldas a la naturaleza. - la materia ha sido considerada tradicionalmente como algo inferior, inerte, carente de vida por sí misma, sostenida en el ser sólo por Dios, privada por sí misma de todo valor que no le fuera dado por Dios, - y era considerada como la región ontológicamente inferior, el lugar de la imperfección, del mal, de la «carne», del pecado... - siendo objeto de una visión dualista que la separaba y la privaba de toda relación intrínseca con lo espiritual y con lo divino. 


 b) La imagen tradicional que hemos tenido de nosotros mismos nos presentaba como seres superiores al resto de la naturaleza; En realidad, no nos creíamos realmente naturales, sino «sobre-naturales», dotados de una vida superior que sería nuestra principal consistencia (la «imagen y semejanza de Dios» a la que fuimos creados, el ser hijos e hijas de Dios -de un modo eminente, sólo nosotros-, la gracia de Dios de nuestras almas...). 
 En realidad no seríamos de este mundo, de esta Tierra, porque fuimos creados aparte, cuando ya estuvo preparado todo el escenario, directamente por Dios, lo cual significa que no venimos de esta Tierra, sino que venimos de arriba, y de fuera... y no nos sentimos en este mundo como en nuestro hogar, porque aquí sólo estamos de paso, caminando hacia la vida eterna celestial... Esta disparidad y oposición tan radicales entre la naturaleza y nosotros hizo que pusiéramos lo humano por encima de todo lo demás: el antropocentrismo, por el que toda la realidad natural ha sido vista en función del ser humano. Lynn White lo denunció con frase lapidaria: el judeocristianismo es la religión más antropocéntrica. Seríamos los protagonistas de la historia, la especie elegida, la única a ser tenida en cuenta, aquella a la cual todas las demás han de servir (especismo). Por eso, hemos visto a la naturaleza como algo a ser dominado (dominio al que el mismo Dios del Génesis nos invitó), como una despensa de recursos supuestamente infinitos, inagotables. 


 c) La imagen de Dios tradicional Parece que desde el neolítico, la civilización agraria transformó su percepción de la divinidad: - distinguiéndola y separándola de la naturaleza, desposeyó a ésta de toda sacralidad, desplazando la divinidad hacia la transcendencia, - que habitaría en el mundo de las ideas (Platón), el mundo verdadero, perfecto, superior, instalado encima del nuestro -que depende de él-, - y la configuró como theos, una divinidad dominadora, masculina, guerrera, patriarcal... 
 También aquí el dualismo lo impregnó todo: dos pisos en la realidad, dos polos enteramente desequilibrados (un dualismo en realidad “monista”, porque de los dos polos sólo uno concentra todo el ser y todas las potencialidades, siendo el otro pura pasividad, receptividad y negatividad. Esta transcendencia de Dios -espíritu puro, Creador total, enteramente diferenciado del cosmos, Señor, Kyrios...- nos ha justificado a los humanos -creados a imagen y semejanza suya-, para compartir algo de su transcendencia y todo su señorío sobre la naturaleza. (Ésta no era la imagen de Dios que tenía el ser humano paleolítico, que vivió en gran armonía con una Naturaleza considerada divina, Pachamama, Gran Diosa Madre nutricia respetada y venerada. ¿Dónde fue, en qué momento de nuestra historia nos equivocamos y torcimos nuestro camino? Hoy los analistas parecen coincidir: tomamos un camino errado a partir de la revolución agraria, y es ahora el momento de enderezar nuestro camino). 


 Pues bien, esta visión religiosa, tradicional y hegemónica durante milenios en Occidente, es la que ha hecho posible el surgimiento y la consolidación de un sistema civilizacional depredatorio, enemigo de la Naturaleza, responsable del desastre ecológico hacia el que nos encaminamos. La causa principal no ha sido la mala voluntad de algunas personas o pueblos, sino el conjunto de elementos teóricos (religión, creencias, teologías...) que han permitido y justificado esa concepción despectiva, explotadora y depredadora hacia la naturaleza, Esta actitud negativa ha visto multiplicarse sus efectos nocivos al aumentar vertiginosamente la población humana en el planeta y al desarrollar el ser humano exponencialmente sus capacidades tecnológicas, que han sido puestas casi exclusivamente al servicio del lucro. 


Lo que en siglos pasados era un daño fácilmente asimilable por el planeta, hoy está siendo, en verdad, un «eco-cidio»: son muchos los analistas que coinciden en denunciar que esta civilización y su opción por el actual tipo de desarrollo, se han hecho incompatibles con la supervivencia del planeta y de nosotros en él. Estamos realmente, con toda literalidad, en vías de auto-extinción. Por todo ello, sólo dejaremos de destruir la naturaleza -y de destruirnos, con ello, a nosotros mismos-, cuando sustituyamos esa «visión» dañina que se nos inoculó a través de la religión. Mientras mantengamos la vieja visión, los mejores medios tecnológicos continuarán sirviendo al lucro y depredando la naturaleza. Sólo con una nueva visión podrá poner remedio -si conseguimos llegar a tiempo- al eco-cidio. 
Y nadie como la religión, que educó a generaciones y generaciones inculcándoles las imágenes y visiones más básicas, podrá sustituir la vieja visión por una nueva, inculcar con tanta eficacia como las religiones. Nadie como ella tiene tanta responsabilidad en la situación actual y, asimismo, nadie tiene tanta potencialidad para hacerlo Pero, ¿cuál es esa nueva visión? La que ha venido fraguándose a lo largo de los últimos tiempos.


 II. La nueva visión que puede posibilitar de supervivencia de la vida en el planeta. 


 Necesitamos:


  a) Una nueva imagen del mundo La nueva cosmología está revolucionando la imagen que teníamos del mundo, que ahora vemos como un cosmos no quieto sino en movimiento total, en expansión continua, en un proceso de evolución, con saltos cualitativos, autopoiesis, aparición de propiedades emergentes...... La nueva física nos descubre que la materia no es una roca inerte, sino que materia y energía son convertibles, que la materia tienen interioridad, que de la materia (no de arriba ni de afuera, sino de adentro) brota la vida, que la vida tiende a complejificarse continuamente, a recrearse y reinventarse a sí misma... 
 Una nueva comprensión nos hace descubrir el error en que hemos estado al considerar la naturaleza como una inmanencia desprovista de transcendencia, de sacralidad, de divinidad... Estas dimensiones no pueden estar expatriadas a una «transcendencia» abstracta y metafísica que hemos imaginado. La única transcendencia que hoy podemos aceptar es profundamente inmanente. 


 Dios no puede estar fuera, ni antes de la realidad cósmica, sino en ella. El cosmos, de alguna manera, viene a ser como el cuerpo del Espíritu. No hay sobrenaturalidad y sacralidad si no es en la interioridad de la realidad: es la realidad misma la que es sagrada, la que es divina, la «Santa Materia» (Teilhard de Chardin). Salvando las distancias y los romanticismos, hoy nos parece que debemos desandar el proceso de desacralización y desencantamiento a que hemos sometido a la naturaleza por la vía de la racionalización y el cientifismo, al degradarla de la sacralidad y divinidad con que nuestra misma especie la ha venerado durante muchos milenios (Paleolítico) y la continúa venerando en muchos pueblos cuyas culturas se oponen al racionalismo y al cientifismo. La nueva visión del mundo supera radicalmente el dualismo entre inmanencia y transcendencia. 


 b) Una nueva imagen de nosotros mismos Cayendo en la cuenta de que no venimos «de arriba ni de afuera», sino «de adentro y de abajo»... Nuestra edad es de 13.730 millones de años. Nacimos todos con el big ban. Desde entonces, todas las fases, cada uno de los hitos de la evolución del cosmos forma parte de nuestra «historia sagrada cósmica», que es, de entrada, una Gracia ancestral... No hemos sido «creados de la nada», por un dios-theos separado del cosmos, que nos habría puesto luego sobre un escenario terrestre «creado en cinco días»... sólo destinados a representar el drama de la «historia de la salvación (humana)» para someternos a una prueba y pasar a otra vida distinta... 

Esa imagen tan tradicional y arraigada es falsa, y vemos además que nos hace daño... Somos «polvo de estrellas» -literalmente tal, sin metáfora-, formado en la explosión de una de las supernovas, somos concretamente Tierra, Tierra-Mater-ia, autoorganizada, que ha cobrado vida, y ha llegado a tener conciencia, a sentir, a pensar... somos una «especie emergente» que reúne en sí los tres cerebros animales -el primario del reptil, el más elaborado de los mamíferos, y el cortex cerebral que nos caracteriza...- y todo el esfuerzo autopoyético de la evolución de la vida... somos una especie más, aunque muy peculiar, que no tiene el derecho de menospreciar a los demás seres vivos, sensibles e inteligentes a su manera, sino que debe, por razón del mayor conocimiento que se le ha dado, hacerse cargo fomentar con su inteligencia la armonía y el buen vivir y buen convivir de todos los vivientes de este planeta. 


 No somos pues una realidad distinta, esencialmente espiritual, superior, ajena a esta Tierra. Somos plenamente telúricos, profundamente naturales, flor última y más reciente -por ahora- de la evolución en este rincón del cosmos, evolución que ahora, en nosotros, da un salto y se convierte en cultural y de calidad profunda... Desde este punto de vista, la persona humana ya no puede ser considerada ya con el carácter absoluto con el que se la ha considerado, orgullosamente (“doctrina social de la Iglesia”), Estamos inter-religados con todo, en una red absolutamente interdependiente. Al destruir la naturaleza destruimos nuestro hogar, nuestra base nutricia, nos destruimos a nosotros mismos. 


 c) Una nueva visión de la divinidad... El dios-theos patriarcal, espiritual, inmaterial, acósmico, todopoderoso, señor, kyrios... no sólo ya no es creíble para muchas personas, sino que además descubrimos es una imagen que nos ha hecho y sigue haciendo mucho daño, porque ha justificado el desprecio y la depredación de la naturaleza. La correcta imagen de Dios ya no podemos encontrarla sólo en las Revelaciones, el «segundo libro» (san Agustín) que Dios escribió, sino en «el primero», la realidad, el cosmos, libro que en los últimos 300 años se nos ha abierto de un modo inimaginable, con un auténtico «valor revelatorio» (Thomas Berry). Un error sobre el cosmos redunda en un error sobre Dios (Tomás de Aquino): los inmensos errores y el gran desconocimiento que hemos tenido sobre el cosmos, la materia y la vida, ha tenido que redundar en grandes errores sobre la divinidad. 


Hoy podemos intuir de un modo mucho más certero el rostro divino del cosmos, su alma divina, un nuevo rostro de Dios, que alienta en todo. El Dios-theos-kyrios que nos ha acompañado tan impositivamente durante milenios, descubrimos hoy que es simplemente un «modelo» con el que hemos intentado habérnoslas con la intuición de la sacralidad, debatiéndonos a oscuras con el Misterio, y confundiendo con frecuencia las creencias, los símbolos y los mapas como si fueran descripciones realistas de un segundo piso... 


 Para un número creciente de personas, el teísmo (un theos up there, out there) no sólo resulta increíble, sino que es cada vez más señalado como el causante de la desacralización del mundo (al expatriar la divinidad hacia una transcendencia meta-física), del endiosamiento del ser humano, de su sobre/des-naturalización, y de su deriva hasta convertirse en el mayor enemigo actual de la vida en el planeta. El teísmo (e igualmente el ateísmo) deben ceder paso a una cierta actitud pos-teísta. La divinidad de la realidad, o la Realidad Última, no deben más ser concebidas según el modelo del theos, ni según nuestro propio modelo (teísmo antropomórfico); quizá pueden ser contempladas por un tiempo según el modelo de la vida, biomórfico: lo que vemos en el misterio evolutivo de la vida nos revela de alguna manera algún rasgo real de la Divinidad.


 El panteísmo (literalmente «Dios en todo, todo en Dios») es aceptado hoy -conscientes de que nada es un nuevo dogma, ni una interpretación definitiva- como el modelo más aceptable para esta época ecozoica (Berry) o el antropoceno (Boff y otros). Una divinidad que no está fuera, que no es un alguien como nosotros, ni un Señor... sino la Realidad última que anima el cuerpo del cosmos, la Realidad misma mirada a partir del misterio de sacralidad que envuelve desde dentro... Una divinidad, por tanto, a la que no encontramos más por apartarnos de la materia, de la tierra o de la vida, sino que nos impulsa a encontrarla apasionadamente en ellas. 

Conclusión:


  Nuestra supervivencia (survival) y las de muchas especies en este planeta, está en riesgo, y el peligro se hace cada día más cercano. En el fondo, ha sido una determinada visión religiosa la que nos ha conducido hasta aquí, y ha sido la misma visión religiosa que ha hecho posible el capitalismo, hoy hegemónico en el sistema económico globalizado. Es indispensable otra visión religiosa que reconduzca nuestro actual caminar hacia el desastre. Son las religiones, y la teología concretamente, quienes tienen la mayor responsabilidad sobre el pasado, y una gran capacidad para afrontar la urgente tarea de cambiar nuestra visión.


Sólo dejaremos de destruir la naturaleza y de autodestruirnos cuando nos dotemos de una nueva visión que nos haga conscientes de la dimensión divina de la naturaleza y de nuestro carácter plena e inevitablemente natural. 


 Todo lo cual es una tarea urgente de educación teológica planetaria.


¡ JESÚS VIVE, PROCLAMÉMOSLO !


Bajado por: J. RUIZ